Había una vez dos hermanos llamados Pedro y Andrés. Vivían junto al mar y eran pescadores. Todos los días, lanzaban sus redes al agua y trabajaban duro para atrapar peces y llevar comida a sus familias.
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Un día, mientras Pedro y Andrés estaban en su bote, vieron a un hombre caminando por la orilla del mar. Era Jesús, un maestro sabio y amable que predicaba sobre el amor y el Reino de Dios. Cuando Jesús vio a Pedro y Andrés, les sonrió y les dijo: "¡Venid conmigo y seréis pescadores de hombres!"
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Pedro y Andrés se miraron sorprendidos. Dejaron sus redes y su bote y se acercaron a Jesús. Sentían en sus corazones que Jesús era alguien especial y que debían seguirlo. Dejaron todo atrás y se convirtieron en discípulos de Jesús.
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Más adelante, Jesús vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, que también eran pescadores. Estaban en su bote junto a su padre, reparando sus redes. Jesús los llamó y, al igual que Pedro y Andrés, dejaron su bote y a su padre para seguir a Jesús.
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Los cuatro pescadores se convirtieron en discípulos de Jesús y aprendieron muchas lecciones importantes de él. Aprendieron sobre el amor, la compasión y la importancia de cuidar a los demás. Viajaron con Jesús, escucharon sus enseñanzas y vieron los milagros que hacía.
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Con el tiempo, Pedro, Andrés, Santiago y Juan se convirtieron en algunos de los discípulos más cercanos de Jesús. Lo acompañaron en sus viajes y compartieron su mensaje de amor y esperanza con muchas personas.
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El llamado de los discípulos por Jesús nos enseña que a veces, en la vida, escuchamos un llamado especial en nuestros corazones. Puede ser un llamado a hacer el bien, a ayudar a los demás o a seguir un camino de amor y compasión. Al igual que Pedro, Andrés, Santiago y Juan, debemos estar dispuestos a seguir ese llamado y aprender las lecciones importantes que la vida tiene para nosotros.
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